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Jorge Fuerbringer Bermeo

He seguido de cerca la vida de Jorge Fuerbringer no sólo a través de sus escritos y sus narraciones personales sino también por mi cercanía con gran parte de su contexto, sobre todo en mi temprana infancia cuando a todos nos abrigaba la imagen patriarcal del abuelo Georg –Mister Jorge, como todos le llamaban, “Papapo” nombre que yo le di cuando tenía escasamente año y medio de edad-. De allí que pueda inferir que en su subconsciente naveguen las vivencias narradas por Papapo, a su vez producidas por las historias de la familia Fürbringer, allá en Plankenfels, Nürenberg, en el corazón de Baviera, que mantenía viva la historia de sus ancestros guerreros teutones.
Jorge deseaba ardientemente ser militar, ingresó en la escuela de oficiales, cursó algunos años dentro de ella, pero definitivamente no era esa su vocación, ni su destino. Él era incapaz de utilizar armas de guerra en contra de un ser humano. Su espíritu pacifista lo condujo a otro tipo de actividad, la administrativa, la política, en un país donde los conflictos armados constituyen un elemento básico de la vida cotidiana. Durante su exilio en México, continuó su lucha escribiendo sobre el Putumayo, la Amazonía, sobre Colombia.
En sus múltiples relatos publicados, entre otras, describe distintas identidades colombianas, diferentes maneras de ser como ciudadanos comunes y corrientes, los que ejercen el poder y los marginales, varias identidades políticas, el entorno amazónico. En su obra externa un estilo de vivir, la inserción del individuo en la sociedad y una forma de perseverar para construir una democracia. Simultáneamente y de manera implícita está realizando una serie de preguntas:
– ¿Hacia dónde está transitando Colombia?
– ¿Cómo lo están haciendo los colombianos?
– ¿A dónde y cuándo quieren llegar?

En el presente libro nos ofrece no un texto militar, no una descripción de estrategias ni tácticas, sino que plantea ideas y narra sucesos de guerra en general y de Colombia en particular. Y detrás de ello la gran interrogante:
– ¿Cómo enfrentar el conflicto de manera creativa?
– ¿Cómo dar nuevas formas a los conflictos?
Porque está convencido que la supresión del conflicto es imposible, menos acudiendo a la guerra, intento que solamente acentúa las contradicciones y las asimetrías económicas y sociales. Porque el ser humano vive en el conflicto marchando por caminos que no recorrería el animal, porque los humanos somos de diferentes maneras, porque la pluralidad es nuestra esencia, porque hay distintas estrategias para enfrentar el conflicto, porque pretender que se elimine la violencia no es igual que resolver esas asimetrías desencadenantes de la situación violenta, porque el modo de resolver los conflictos debe conllevar la conflictualidad a la cual se le busca una salida pero no se pretende hacerlos desaparecer.
Sus trabajos son un canto a la vida, a la construcción, a la estructuración de una democracia impensable sobre la miseria, porque la democracia es condición de desarrollo y el desarrollo es condición de democracia.
Aquí, Jorge deja ver que la alternativa de la guerra como modo genuino de existir, trasfondo o atavismo –como se le quiera ver- radica en la misma identidad humana y conecta a las culturas contemporáneas con los momentos más profundos que se pierden en la historia.
La primera gran división social de la actividad humana en masculina y femenina y la del trabajo en cacería y agricultura, no alejaron al animal predador de la violencia, modelo de construir el mundo evidente en la historia de espartanos, celtas, mongoles, vikingos, hunos, teutones, ingleses, suecos, aztecas, tlaxcaltecas, cholultecas, incas, caribes, pijaos, en fin, que de alguna manera vivían de los otros, para quienes el estado de guerra era especialmente privilegiado y se convirtió en un trabajo productivo, en una alternativa de vida – y lo sigue siendo ahora-. Junto al cultivo del maíz, la papa, el arroz y el trigo como proceso productivo, estructurador de identidades, existen otros procesos aparentemente no productivos pero que en situaciones histórico-concretas sí lo fueron: el de la guerra como modo de producción, la violencia como instrumento de trabajo. De ahí que la guerra sea un oficio sumamente difícil que conlleva la constitución de un modo del ser humano muy especial del cual se encuentra marcados ejemplos en los más distintos lugares del planeta y es una forma genuina de constituir una identidad.
La guerra, ha sido en muchos casos un elemento estructurador y las sociedades la han integrado concediendo un lugar de alta jerarquía, estableciendo “respeto” a los monopolizadores de la violencia que a su vez dieron amparo a la organización de la vida burguesa. Y se sigue viendo ahora, solamente que con algunas particularidades propias de la época.
Todas las investigaciones y elucubraciones alrededor de la guerra y la paz, tienen su razón de ser, pero no se puede olvidar que la historia la escriben los triunfadores y que desde el poder se impone mentiras que se convierten en verdades.
La cultura determina la inteligencia humana que no es precisamente una sino varias. No existe la inteligencia humana sino que son inteligencias marcadas culturalmente, quiere decir que cada una de ellas tiene su identidad, constitución peculiar, conflictiva, desgarrada por la destrucción y la reconstrucción.
Y es la construcción de mundos lo que identifica una cultura. A su vez, cada cultura constituye una época, una visión del mundo, una propuesta de humanidad, un proyecto de humanidad, una posibilidad de ser humano, una posibilidad única e irrepetible, que no se acomoda, ni se arregla, ni se traduce a ninguna otra. Los colombianos construyen sus mundos, muchos de ellos antagónicos por cierto, y sobre esa base Colombia construye su cultura, una cultura que durante los últimos años se ha fundido en las altísimas temperaturas del crisol del dolor.
Desde una perspectiva humanista se acepta que el deseo -y con él las emociones- es un aspecto fundamental que determina todo lo psico-social, que está en la base de la constitución del mundo, de cada cosmos propuesto, de cada lengua, de cada forma cultural, de cada manera de definir la diferencia entre el arriba y el abajo, la izquierda y la derecha, lo que debe ser y lo que no, el concepto mismo de lo agradable y lo desagradable, lo útil y lo inútil.
En la evolución del ser humano el sufrimiento, la emoción negativa más frecuente, ha desempeñado un papel fundamental. Surge como respuesta a la acción prolongada de una estimulación excesiva sea de dolor, frío, calor, ruido, luz, desencanto, pérdida, fracaso, el recuerdo de condiciones que lo provocaron o cuando se sospecha que tales situaciones se avecinan, la de privación social y afectiva, la separación forzada de la familia o de los amigos, la soledad física o por enajenación, la guerra y otras.
Esta emoción sirve, además, para mantener la cohesión del grupo pues, por cuanto la separación provoca sufrimiento, la previsión o evasión del mismo es la fuerza que mantiene al individuo cerca de los seres queridos. Suele combinarse e interactuar con otras emociones negativas tales como la ira y la vergüenza.
Pero la vida conlleva emociones y sentimientos positivos como la alegría, que tiene características diferentes a la satisfacción de la necesidad, aún cuando ésta puede disminuir su umbral. La alegría suele surgir cuando disminuye la estimulación de un estado emotivo negativo, al reconocer algo o al realizar esfuerzos creativos, y se expresa en un sentir de seguridad en sí mismo que con frecuencia se identifica como la vivencia de amar y ser amado y puede variar desde la actividad hasta la contemplación. Interactuando con otras emociones, con la percepción, el conocimiento y la acción -a la cual puede lentificar- propicia la intuición y la creatividad. Muchos pensadores desarrollan la idea de que la identidad está ligada con un momento traumático y un vivir centrado en torno a determinada actividad, momento que se conforma de varias maneras y expresa con diferentes matices.
“Lo humano” puede ser de distintas maneras, como lo evidencian las diferentes etnias y pueblos. Nadie desconoce que, por razones que no se propone explicar aquí, el ser humano reprime ciertas funciones y fomenta, a veces de manera exagerada, otras, como parte de una identidad cultural que conlleva violencia, barbarie, dolor, llanto; autorrepresión de las emociones positivas, autorrepresión de la risa.
Cuando la alegría es intensa se expresa con risa y esta, a su vez, manifiesta libertad. El guerrero –sea vencedor o vencido- pierde su libertad, deja de reír. La paz favorece la alegría, la risa, la esperanza, la creatividad, el amor, el desarrollo de la dignidad y la identidad.
Desde Puebla, la ciudad cuidada eternamente por un guerrero, el Popocatepetl, a comienzos del verano del año dos mil veintitrés.

Liliana González Fuerbringer