Ignacio Jara de la Maza nació segundo entre cinco hermanos, aunque uno de ellos
—Juan Pablo— apenas alcanzó a respirar el mundo. Creció entre historias contadas al oído y silencios que nadie se atrevía a nombrar. En Antuco, una casa que exigía
«regarle el piso cada día» se volvió la entrada a un mundo donde lo mágico y lo siniestro no se contradecían.
El TDA lo expulsó de la prosa, pero lo entregó a la poesía: cómplice, refugio y con-dena. Escribió durante años en cuadernos que hoy duermen, polvorientos, en Ol-mué, donde vive con su pareja y sus pe-rros. Abogado de profesión, con estudios en Ciencia Política, ha tenido a la filosofía como amante clandestina: intensa, inevi-table, insoslayable.
A los 53 años, El Refugio: Acción fantasmal a distancia lo encontró. No fue un proyecto, fue una invasión, le seguirá el Parásito del Olvido.
Y así, sin buscarlo, sin desearlo, las historias lo reclamaron. Ya no escribe para es-capar: escribe porque no hay otra forma de quedarse.
